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Nuria Puebla Agramunt

La semana pasada decidí hacer unos días de ayuno, no comer sólidos sino solo beber líquidos, con la única intención de hacer una dieta depurativa o de limpieza de tanta comida basura que consumimos en nuestra vida cotidiana.

Cuando había pasado un día de ayunar, empecé a sentir un dolor de cabeza, que fue creciendo a lo largo del día, hasta que se hizo absolutamente insoportable. No tomé ni un paracetamol ni un ibuprofeno ni comí nada para paliar el dolor. Sentí que debía continuar para saber lo que es pasar hambre física y no tener nada con que remediarlo. Como les ocurre a tantas personas como las que he conocido en Senegal. No pude soportar más de dos días así y tuve que comer al tercer día.

Si os cuento esto en este boletín, es porque quiero compartir con vosotros la sensación y el sentimiento que tuve de tristeza y, sobre todo, profunda compasión, por los que pasan hambre. Yo lo hacía por voluntad propia, pero millones de personas pasan hambre porque no pueden hacer otra cosa.

La palabra compasión, cuyo significado ahora está quizás algo desvirtuado, viene del latín cum passio, sufrir juntos. Y eso es lo que sentí, que sufría aquí junto con los que pasan hambre.

Sufro aquí de ver todo lo que podemos hacer, cómo sería fácil hacer que las cosas mejoraran, cómo con poco lograríamos mucho, y cómo, al final, por una excusa o por otra, casi no se hace nada.

Pero a la vez que sufro, estoy feliz. Tengo una gran esperanza en nuestra pequeña-gran ONG. Pequeña porque somos pocos y con pocos fondos, pero grande porque hacemos grandes cosas con poco.

Tengo una gran esperanza en que podremos mejorar la vida de algunas personas, y que aliviaremos un poco su sufrimiento. Una gran esperanza en que otro mundo es posible, un mundo algo más justo y menos desigual. Una gran esperanza en que todas aquellas personas a las que he conocido en Senegal y que están emprendiendo un proyecto, como el de las mermeladas de Oussouye o la tienda de Arouna en Ibel, van a mejorar su vida y las de las personas de su entorno.

Una gran esperanza en que la escuela de Cagnout y las otras que construyamos, van a contribuir a elevar el nivel educativo de aldeas y pueblos, y que algún día esos niños serán los hombres y mujeres que saquen adelante su país. Una gran esperanza en que la biblioteca de Carabane sea un lugar de encuentro, de cultura y de ocio, para tantos niños y jóvenes que están deseando saber…

Pongo mi grano de arena en este gran proyecto, porque siento que no puedo hacer otra cosa. Jamás he conocido a alguien como Demba, tan comprometido, consciente y generoso. La combinación perfecta fue encontrarse con Jose María, quien con esa capacidad que tiene de hacer fácil lo imposible, ha hecho realidad este sueño de que algunos podamos contribuir a hacer un mundo más solidario.

Gracias a todos. Me habéis cambiado la vida. Y no hay vuelta atrás.

 

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