Hemos tenido la suerte de conocer Senegal…

 

Chicas 9  

 

Chicas 2 con Yakaar Africa en Senegal  

Chicas 3 con Yakaar Africa en Senegal  

Chicas 4 con Yakaar Africa en Senegal  

Chicas 5 con Yakaar Africa en Senegal  

Chicas 7 con Yakaar Africa en Senegal

 


hemos tenido la suerte de conocer Senegal este pasado mes de Octubre. Y hablamos de conocer, ya que viajar con una ONG te ofrece la posibilidad de conocer la cultura más allá que desde la ventanilla de un autobús. No sólo viajas para conocer el paisaje de un país, es conocer su cultura, vivir su día a día, conocer sus necesidades para poder satisfacerlas… y lo más importante, es enriquecerte personalmente con ese intercambio cultural.  

Gracias a Yakaar África, que conocimos a través de Teresa, pudimos realizar esta experiencia. Yakaar África es una ONG que cuenta con una bonita historia detrás, ya que fue promovida por un joven Senegalés, que en sus orígenes destinaba parte de su salario a ayudar a sus compatriotas para que pudieran tener cierta calidad de vida y no tuvieran que seguir la vía de algunos, la emigración. La fuerza y empeño que puso este chico (Demba) y el apoyo de un primo suyo (Ambrosio, nuestro guía durante el viaje) hizo que varios compañeros suyos colaborasen, hasta que gracias a varios contactos se logró crear la fundación que conocemos actualmente.  

Yakaar nos ofreció una ruta por Senegal, en la que fuimos recorriendo algunos de los proyectos de la fundación. Estos proyectos se concentran principalmente en la parte sur de Senegal, por ejemplo en Bafican, Casamance, Bandafassi, Dindefelo, Lougé… Nosotros desde Madrid intentamos recopilar material escolar, ropa (sobre todo de niños), medicinas básicas etc para poder entregárselos allí. Repartimos el material durante todo nuestro viaje. Algunos de los momentos más memorables son:  

En nuestra visita a Bandafassi, subimos a una montaña para poder llegar a la tribu IWOL y preparamos bolsas de ropa y material médico para repartir allí. La gente te rodea impaciente, esperando a ver si puedes dar algo de ropa a alguno de sus pequeños, te preguntan, se agolpan nerviosos a la espera de algo. Sin embargo, nunca te van a quitar nada, lo más curioso de estos sitios es que aunque no tengan mucho, no roban ni se quedan con nada ajeno. Tienen un respeto total hacia los demás. Independientemente de lo que tu hayas podido traerles, la acogida en su poblado es total, te enseñan sus casas, te explican su día a día, te dejan a sus pequeños para que puedas cogerlos o jugar con ellos… no tienen reparo en acogerte en su hogar, en sentarse contigo a contarte la historia de la tribu, su cultura, sus miedos, como viven. No tienen la necesidad de aparentar como tenemos en occidente, se muestran tal y como son y te abren su corazón sin apenas conocerte.  

Otra zona que conocimos y nos encanto fue la Isla de Carabane. Es un remanso de paz y belleza natural mires donde mires. En Senegal, es una zona muy turística pero aun así no está masificado. El hotel está a pie de playa. Los hoteles allí no ensucian el pasaje natural, ya que no son complejos enormes, ni muy elevados, por lo que te puedes dar un paseo en la playa viendo el atardecer sin que algún edificio te impida disfrutar del maravilloso espectáculo que ofrece el atardecer en Senegal. Solo tienes que dejarte llevar y oír el sonido del mar.  

Para llegar a la isla cogimos un kayuko, y el viaje fue increíble, también cogimos un par de ellos más a lo largo del recorrido. La experiencia fue estupenda, un viaje muy divertido.  

En nuestra primera noche en la isla, la gente del pueblo vino a deleitarnos con su baile y su música. Canciones y bailes populares que suelen cantar en su fiesta más importante que es la circuncisión Yemen. Aparte que la música de los djembes te transporta, te invade un cosquilleo desde a la coronilla hasta los pies, y te invita a bailar, aunque nosotros no tenemos la suerte de tener el ritmo que tiene el pueblo senegalés, nos invitaban a bailar con ellos, pero es difícil seguirles el ritmo, ellos lo llevan en la sangre y perfectamente se mueven los jóvenes y mayores, hasta los niños y las mujeres con los niños en brazos. Aunque seamos unos patos bailando, a ellos no les importa y nos enseñan con muchísima paciencia y sin importales el resultado. Lo que más les gusta es que disfrutes con su danza y la compartas con ellos.  

En el Delta de Sine Saloum, estuvimos hospedados en un campamento. A diferencia de otros que visitamos, que estaban formados por cabañas de madera, este era un edificio circular dividido en habitaciones. Las habitaciones no tenían baño, eran comunes, pero la pareja que los llevaba los mantenía muy limpio y organizado todo. La pareja es encantadora, además cocinaban estupendamente. Durante nuestra estancia allí fuimos a visitar el centro de salud y el colegio y tuvimos el placer de conocer una clase típica allí junto con el profesor y sus alumnos (en Senegal una escuela puede tener de 50-70 alumnos por clase), nos dejaron organizar un partido de futbol con los chicos, que fue muy divertido y bonito… y pudimos comprobar la destreza de los chicos jugando sin zapatos, esquivando piedras, y obstáculos para llegar a por el balón. Los niños no dejaban de acercarse para estar con nosotros, para que les hiciéramos fotos y jugáramos con ellos. El director no tuvo ningún reparo en enseñarnos la escuela y contarnos cuantos niños van, cuantos profesores etc.…  

Personalmente, de los mejores momentos fue en el campamento de Baficán, donde conocimos la escuela y su centro de transformación de alimentos y otro de costura, les hacemos llegar material escolar y ellos nos responden con una gran recepción: baile, regalos (plátanos y bolsitas con cacahuetes), aparte de muchas muestras de gratitud y hasta un ritual del hechicero de la tribu para ahuyentar los malos espíritus y desearnos suerte. Prácticamente somos extraños para ellos, pero nos reciben con los brazos abiertos, no les importa de donde vengas, que haces, te invitan a bailar, te enseñan su aldea, su casa, dejan que abraces a sus hijos y que puedas pasar un buen rato con ellos, te incluyen en su vida sin pedir nada a cambio. Nos hubiéramos pasado todo el día allí, disfrutando de su forma de ver la vida y aprendiendo mucho de ellos.  

Al final del viaje, pudimos conocer el orfanato de Mbour, cuya visita estuvo plagada de muchas emociones. El orfanato estaba lleno de niños, divididos por edades, bastante bien cuidados y alimentados, gracias al personal y a los voluntarios que allí cooperan. Pudimos jugar con ellos, cogerlos en brazos, darlos de comer, bañarlo. Por una parte, nos alegro ver a los niños tan sanos y contentos. Por otra, me dio pena dejarlos allí, sabemos que están en buenas manos, pero son tan encantadores que te dan ganas de quedarte todo el día jugando con ellos, cuidándoles…  

Este es un resumen de las experiencias más significativas que hemos vivido, pero durante el día a día ha habido muchos más, gracias a nuestro maravilloso guía Ambrosio, que lleva en la sangre la caridad, y siempre había un momento para parar, visitar un poblado e intentar ayudarles con lo que llevábamos. Cuantas veces nos hemos quedado con las ganas de haberles podido llevar más, ya que te lo agradecen todo, una piruleta es una sonrisa inmensa y la mayor sonrisa es la que nos hemos traído a casa todos. Sonrisa que un mes después todavía dura, y durará cuando veamos las fotos al saber la buena gente que hay por allí.  

Repetir, repetiremos, ya estamos pensando en el próximo viaje de vuelta, ya tenemos ganas de volver a verles a todos.  

¡Muchas gracias a Yakaar África por este viaje!  

Belén Suárez, Cristina Alvarez, Beatriz Gómez, Teresa Martín, Marta Sánchez, Mariano García y Nuria Maeso

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