Manuel no creía ni en Senegal ni en la ayuda al desarrollo, pero sintió ese calor humano que convierte la visia a Senegal en algo único

Manuel con niña en Hitu

Manuel con los niños de Hitu


Enero 2012

Era un país que no figuraba en mi lista de proyectos. No contaba con grandes atractivos paisajísticos, ni riqueza de reservas naturales, ni exotismo étnico; un país anodino con playas para turistas.

 

También soy escéptico sobre las posibilidades de la ayuda al desarrollo, incluso de las organizaciones “profesionales” y con estructura. Yakaar me parecía una aventura de gente amateur.

 

Y de vuelta tengo que decir que he vivido momentos de calor, de sentir el contacto personal. Ves cómo las ayudas se plasman en proyectos concretos, se palpan. Discutibles, sí, ¿pero por quién?

 

Recuerdo las hileras de la huerta de Bandafasi, el taller de mermeladas, la recogida de basura en Carabane. Y será difícil olvidar la “presentación” de los niños de Hitu. En el debe, siguen los problemas. Aquella niña que me cuestionó el reparto de bicicletas. Yo que iba de espectador, en burbuja, difícilmente podía explicarle a una criatura de menos de diez años que la entrega correspondía a ciertos criterios, válidos o no.

 

Lugares con encanto:

  • la oración vespertina del camellero en las dunas de Lompoul, con la tenue luz del atardecer
  • la cascada de Dindefelo, y el baño solitario.
  • el poblado ancestral, neolítico de Iwol
  • la magia de los bailes de los mandingas, una auténtica celebración festiva grabada aún en las retinas.

 

Ah ¡, y el problema que surgió de reubicación hotelera, que nos permitió efectuar una excursión por la variopinta y escasa infraestructura hostalera de la zona basarí.    

Manuel

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