“Éste es el país de la teranga (hospitalidad en wolof)”. Pude oír esta frase veinte veces durante mis dos meses en Senegal.

Al principio no acababa de verlo. Yo hacía mi vida: casa-escuela, escuela-casa. No me paraba a pensar en si la gente allí era especialmente hospitalaria, tampoco era algo que me hubiese llamado la atención. Yo seguía mi rutina: todos los días iba a la escuela, los niños venían corriendo a abrazarme, Leon (el profesor senegalés que me ayudaba) me recibía con una sonrisa y me preguntaba cómo estaba, daba la clase, me despedía de ellos mientras me seguían corriendo y gritándome “hasta mañana” detrás de la moto, y volvía a casa.

Llegar a casa era que me saludara cada persona del barrio y me preguntara que qué tal habían ido las clases ese día, que el mecánico del barrio se preocupara por si la moto me había dado algún problema, que al llegar ya me estuvieran citando para el té de esa tarde, y que las vecinas me llamaran a comer con ellas, todo con normalidad.

Y, entonces te das cuenta, ahí estaba la clave: en la normalidad con la que hacían todo aquello. Yo acababa de llegar, llevaba a penas una semana viviendo en Oussouye y dando clases en Mlomp. Era una extraña para ellos, y en ningún momento me sentí como tal. Siempre tuve la sensación de que volver a Oussouye era volver a casa, de que estar en la escuela de Mlomp era estar en familia. Y fue lo mismo al mudarme a la Isla de Carabane a dar clases.

Y lo ves: eso no es lo normal, “éste es el país de la teranga”. Me sentía parte de ellos, parte de sus barrios, de sus pueblos: ellos me hicieron sentir así. Y, más allá de eso, cuando les contaba lo que estaba haciendo allí, todo eran palabras y gestos de agradecimiento: no daban crédito a que asociaciones españolas se preocuparan por lo que pasaba en su país.

Por supuesto, la despedida fue dura. Todos me deseaban lo mejor y me daban las gracias por todo. Y yo a ellos, no podía creerme cómo en tan poco tiempo todos se habían ganado gran parte de mi cariño, como me habían hecho sentir que la Casamance era mi hogar también, cómo me habían hecho sentir que lo que hacía merecía la pena, cómo podía haber un pueblo tan agradecido y lleno de bondad.

 

 

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