¿Que tal las vacaciones? ¿Que responder a esta pregunta?

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¿Qué responder a esta pregunta? ¿Cómo resumir mi viaje a Senegal en una palabra o en una frase corta? Me debato entre fue la experiencia más alucinante de mi vida, fue increíblemente triste, frustrante, diferente, agotador, no fueron vacaciones, repetiré o un, por favor, vete tú y vívelo tu [email protected]  

Este viaje a estado rodeado de duda, temor, cambios de última hora y muchas muchas ganas. El Ébola está cerca ¿lo sabes?, en África hace mucho calor, tu estomago es delicado ¿Qué vas a comer?, no salgas sola a la calle, seguro que es peligroso ¿Cómo llevas el francés? Si le hubiera dado vueltas a todo esto no me habría movido de Londres o quizás habría buscado un destino relajante donde pasar 3 semanas de vacaciones o quizás… o quizás… o quizás… pero mejor, fui, vi, viví y volví en una pieza.  

Mi destino fue Beer, a unos 40-50 min de Dakar. Demba me recogió en el aeropuerto un domingo de noche y el lunes me dejó en el centro de salud, lo que fue mi casa y mi curro durante 3 semanas. La primera impresión fue bastante buena entre comillas. – Ésta es tu habitación (un colchón en el suelo con una manta de invierno doblada, pues sí que baja la temperatura de noche pensé yo). – Y este va a ser tu baño (WC, lavabo y ¡ducha! Pues yo pensaba que me encontraría un agujero en el suelo, así que respiré aliviada). Luego me enseñaron el centro de salud que está a escasos 5 metros de la casa. Primero la oficina con escritorio grande lleno de cosas y camilla en buen estado. Luego una mini sala de curas, un poco oscura para mi gusto y finalmente la maternidad con dos habitaciones y una sala de partos, que como bien dijo mi tía ¡parece una cocina! Todo esto no pintaba mal, salvo por el calor abrasador que ya me hacía sudar más allá de lo estrictamente necesario.  

Me recibieron un chico senegalés que vive en Santurce, la “matrona”, el presidente y el vicepresidente del comité de salud y varias personas del pueblo. La enfermera llegó por la tarde tras un largo día de curso en otro pueblo. Se llama Oumy tiene 35 años, está casada y vive con su hermana, su prima de siete años a la que ha adoptado y su madre que está enferma. Su marido vive en otro pueblo y lo ve una vez a la semana, si puede venir claro. Estos datos aunque no lo parezcan son importantes. Para quien no me conozca, me presento. Me llamo Marta y también soy enfermera. Soy española y vivo en Londres desde hace cuatro años. Trabajo en una clínica privada de caderas y paso sentada 8-9 horas diarias de lunes a viernes, hablo, pincho, sonrío y educo a mis pacientes que tienen mucho o bastante dinero sobre qué ocurrirá durante todo el pre y el post operatorio. Soltera, con una gran familia y bien rodeada de buenos amigos.  

Volvamos a Beer. Lo que era mi cama se convirtió en la cama de Oumy que compartiría conmigo. Lo que era mi baño realmente era el baño que funcionaba mal y a ratos para toda la familia y el calor de aquel día se fue multiplicando por momentos. Hasta ahí todo correcto.  

El martes empezó el trabajo. Oumy comenzó a rezar a las siete y yo espere a que terminara y entré directa a la ducha. No había dormido nada porque el calor no me dejaba ni respirar y el ventilador no apuntó hacia mí en toda la noche. El patio que comparten la casa y el centro de salud es de arena y a esas horas ya estaba lleno de gente sentada o echada en el suelo esperando. Caminaban muchos kilómetros para verme, realmente caminaban para ver a la doctora blanca. Sin descanso vimos un paciente detrás de otro hasta que no quedó nadie en el patio. Comimos a las cinco de la tarde. Después de la comida picante que sorprendentemente no agujereó mi estómago nos echamos tres segundos y empezaron a picar a la puerta. Más pacientes esperando.  

Así fueron un día tras otro. Veinte, treinta, cuarenta personas. Todos con problemas mayores o menores. Casos muy tristes. El más triste fue curar a un bebé de seis meses que parecía que moriría en mis manos. Tenía una quemadura del cuello a las ingles y toda la espalda. Llevaba un mes en ese estado, sin llorar ni moverse. El centro de salud al que iba a hacerse las curas estaba cerrado por vacaciones y nadie le había curado desde entonces. Hablé con Oumy con quien me entendía en inglés y le pedí que por favor le dijera a la madre que lo llevaran a un hospital. Cuando me quise dar cuenta se habían llevado el bote de ibuprofeno para bebés y a día de hoy dudo que siguieran mi consejo.  

En 3 semanas vimos a casi 500 pacientes. Principalmente con vértigo, dolor de cabeza, cataratas, vómito, fiebre, diarrea, dolor de espalda, heridas infectadas pequeñas y enormes, erupciones cutáneas, Malaria, dolor de oídos, conjuntivitis, embarazadas, mujeres de parto, tos, falta de apetito… Mi gran problema era la frustración de querer ayudar más y no poder, porque para empezar no tenía material que ayuda al diagnóstico (recordad que tampoco soy médico) y para seguir, ellos no tenían recursos económicos. Si yo sabía exactamente lo que debían tomar o lo que debían hacer, ellos o no tenían el dinero para comprarlo o no tenían el dinero para pagar el taxi hasta el hospital o la farmacia más cercana. Una realidad muy injusta que si empiezas a comparar con la tuya de verdad, España o Londres en mi caso, no dejas de llorar.  

Las curas feas se fueron repitiendo y mi insistencia, que ya rozaba la pesadez, por mejorar las condiciones del centro fue sacando su fruto. Las ventanas necesitaban deshacerse de las telarañas, la oficina necesitaba una buena organización, en cada habitación se necesitaba un cuenco con agua para lavarse las manos y había que empezar a cambiarse los guantes. Oumy empezó a hacerme caso y en las dos últimas semanas ya no necesitó que le recordara a cada segundo: ANTES y DESPUÉS, – Wash your hands!  

Mis días siguieron pasando con la rutina rutinaria de muchos pacientes diarios, poco descanso y varios episodios de diarrea personal galopante que me noquearon hasta la necesidad de hidratación intravenosa. Me llevaron una tarde a la playa, y no dudé en bañarme, compramos pescado y caminamos por el pueblo. Arena, pobreza, basura, niños solos por la calle, basura, madres con niños a las espaldas, basura, hombres cargados de cosas, burros cargados de niños, su imperfecto caos que me dejó con la boca abierta. También visitamos Dakar una tarde Oumy y yo, llegamos en taxi y fuimos directas al hospital. Allí nos encontramos con su primo que trabaja en Farmacia. Le compra los medicamentos a él y así se asegura que sus pacientes los toman. Si les haces una receta el 90% no tiene el dinero para ir hasta la farmacia y mucho menos para pagar los medicamentos que salen bastante caros. Hicimos una buena compra y volvimos al poblado. Armario de medicinas ordenado y completo, ¡qué gusto!  

Ah! Olvidaba comentar una situación que me cabreó en sobremanera. Al segundo día vino una mujer con una tensión arterial de 240/140, para quien no entienda de estas cosas, ¡la tensión estaba altísima y necesitaba atención ya! Necesitaba tratamiento y yo le decía que se fuera al hospital pero no podía pagar el transporte ni dejar a su familia. A Oumy se le encendió la bombilla y me dijo que quizás tenía algo. Sacó una maleta sucia con insectos llena de medicación en español. Yakaar Africa la había llevado / enviado (no sé los detalles) amablemente hacía bastante tiempo y allí encontré varias cosas para darle a aquella mujer y a varios más pero me entristeció encontrar unas 20 cajas de medicamentos para el colesterol, otras 10 de Sintrom, ciertos sobres para pacientes en diálisis e incluso medicación para cáncer de próstata, entre otros. Oumy no entendía los prospectos por eso mantuvo la maleta todo ese tiempo de fondo de armario. Y yo me pregunto, ¿enviamos lo que necesitan o lo que nos sobra? Ahí queda esa pregunta.  

Mi mayor shock mezclado con tristeza y enfado monumental llegó el quinto día. Oumy había salido con su hermana a las 4 de la mañana hacia su pueblo a varias horas de Beer porque su hermano bautizaba a su bebé y ella estaba obligada a ir. Entendí que llegaría por la tarde, inocente de mí, Oumy llegó al día siguiente. Pasé consulta con un chico del comité de salud que hacía las veces de traductor. Tenía un nivel de inglés bajo lo que consiguió que nos entendiéramos a medias y a mí se me hinchara más la vena del cuello que ya venía bien dilatada gracias a las condiciones ambientales y al corte de electricidad que impidió que funcionara el maldito ventilador en todo el día.  

Tras una dura jornada, de no entender ni al traductor ni a los pacientes, de hacer mi papel de enfermera blanca intentando hacer milagros con gasas, Betadine, Silvederma, azúcar y un montón de medicación sin prospecto, caí rendida ante mi plato de arroz blanco.  

Un respiro por favor, pero no, lo mejor estaba aún por llegar. Khady (la matrona) picaba insistentemente la verja mientras nos disponíamos a cenar. PARTOOO!!! – ¿Ahora?? Vi a la parturienta y mirándole a los ojos y en silencio le pedí que por favor dilatara todo lo que tuviera que dilatar cuando llegara Oumy, pero no antes. Como no hablamos el mismo idioma pues no me entendió y decidió que la dilatación llegaría despacio pero esa noche. Pasamos a la sala de partos, sucia y muy oscura para mi gusto, con una caja de cartón con algodón que daba pena y asco, con una cajita de guantes y varias pinzas para poner en los omliguitos de los recién nacidos. Pocas cosas más había allí. Me dediqué a recibir gritos de la matrona que me hablaba en su idioma (Wolof) el cual obviamente no comprendo y de vez en cuando caía en la cuenta y probaba con un francés peor que el mío.  

A duras penas comprendía que necesitaba esto o lo otro. Yo, con predisposición total tintada de nerviosismo naturalmente debido a que aquél iba a ser mi primer parto y en tierras extranjeras y en condiciones no ideales, iba corriendo y cogía lo que creía que me pedía. Muchas veces (y digo muchas) bien y muchas otras totalmente innecesaria mi visita a la oficina (abre con llave, cierra con llave, está oscuro y hace calor, ¡ojo! mosquitos).  

En esta situación entraba la hija de la matrona, de escaso año y medio, pegada a su espalda (literal). Tosía y lloraba. La parturienta saltaba de la cama con cada contracción y yo perseguía a Khady con la caja de guantes para que se quitara los sucios y aunque no se lavara las manos porque no teníamos agua, para que por favor, dejara de tocar lo más interno de la parturienta, a su hija, las puertas, los botes y todo lo que pillaba con la misma mano. Mientras la pobre mujer dilataba a la velocidad que camina un caracol, a Khady le dio por tirar un colchón en la sala de partos y dar de mamar a su hija, al menos así dejó de llorar, ¡qué buena idea! Mi cara era un cuadro, me imaginaba en primero de carrera cuando vi mi primer parto (este era el segundo) en una sala bien blanca, con muchos trapos verdes, con mucha gente, mucha limpieza, mucha luz, mucho de todo en general. Y me vi allí con una mujer retorciéndose de dolor, la matrona dando el pecho en el suelo, la habitación pobremente iluminada, un calor infernal, ningún tipo de seguridad de que aquello llegaría a buen puerto y unas ganas de gritarle a la matrona en español un – Cochina cámbiate los guantes YA!!  

La mujer dilató tras varios pinchazos de oxitocina que bien dudé de la idea de esa “matrona” sobre los tiempos y las dosis. El bebé salió despacio, se me resbalaba, hubo desgarro materno y sinceramente un alivio tremendo al verlo fuera. Ahora tocaba coser el desgarro y de repente la mujer salió de su fatiga y semi-inconsciencia para comunicarse conmigo por primera vez y en francés. Me dijo un: – Sí, me coses, pero sin dolor, eh? Bajo amenaza y consiguiente escalofrío puse el primer punto, no veía nada, porque repito que no había casi luz, así que Khady tuvo que ayudarme con el siguiente punto mientras sujetaba su móvil con la boca para alumbrar la operación.  

Cuando todo terminó limpiamos con lejía y la madre caminó hasta la habitación de descanso, bien merecido por cierto. Antes de irnos a dormir Khady no dudó en limpiarle la boca al recién nacido con el algodón de la caja maldita y el mismo guante que usó para todo lo relatado aquí arriba. Esa noche dormí mal, ¡qué asco! ¡Qué injusto! ¡Qué pena!  

Al principio describí quién es Oumy y quién soy yo. No pude evitar compararme todos los días con esta mujer. La suerte que tengo de haber nacido en un continente con posibilidades, de haber estudiado y tener un buen trabajo. De tener un techo sin goteras, electricidad 24 horas y agua corriendo cuando yo decido. De tener a mi disposición un sistema de salud que aunque a veces lento o menos eficaz de lo deseado está ahí y tiene materiales, maquinitas, médicos y maravillosas enfermeras que saben bien de higiene. Es duro volver con todo aquello en la cabeza. Oumy es enfermera igual que yo, hemos compartido cama, mantel y horas de trabajo y he intentado estar al mismo ritmo que ella, sin conseguirlo. Fueron sólo tres semanas y ella lleva en ese pueblo tres años y no quiere abandonar. Me explicaba que las personas de ese pueblo la necesitan. Ha conseguido que empiecen a tomar anticonceptivos, que vayan al centro a dar a luz para evitar problemas en casa y muchos ya aparecen de vez en cuando a controlarse la tensión. Es cuestión de tiempo dice, pero estoy en ello. Olé y Olé, ya me gustaría a mí hacer la mitad de bien que esta mujer hace en su día a día.  

He de decir que tras ese complicado parto compartí lo vivido con Oumy y todas mis preocupaciones en cuanto a la higiene, la falta de material y de agua. Juntas limpiamos la sala de partos, guantes, lejía y sábanas para cubrir cuando todo estuvo limpio para que cuando llegue el siguiente parto todo permanezca limpio. Así fue, cinco días antes de terminar mi viaje tuvimos un parto a las seis de la mañana. Todo el material en su sitio, fuera la sábana blanca y mujer con sus 9cm de dilatación bien traídos de casa a la camilla. Botellas de agua para lavarnos, jabón, guantes y empieza la acción. Oumy estaba allí, lo que alivió toda mi angustia. Al bebé le costó salir porque la madre era primeriza y no estaba muy puesta en eso de empujar, pero salió, lloró y se le limpió la boca con un guante limpio y un algodón que daba gusto verlo. No tuvimos que salir de la sala de partos para nada y Oumy realizó una costura perfecta con ayuda de una linternita de minero que le puse en la cabeza. Todo sobre ruedas. Parto limpio y buen sabor de boca.  

He vuelto, ya estoy en casa. Todavía no me he podido dar un baño largo, cuento los cuadrados de papel higiénico que uso y amo más que nunca el momento en el que me cruzo con un camión de basura. Llegué el domingo pasado y el lunes vuelta al curro, una larga semana con mucho trabajo acumulado. Hoy es sábado y mi cuerpo ha dicho BASTA. Fiebre y malestar general. Pero tengo un día libre, un día para mí y para mi descanso, sabiendo que no llamará ningún paciente a mi puerta y que no tendré que salir de la cama para atender un parto. No dejo de compararme con Oumy.  

Volver es duro, porque lo vivido es una experiencia alucinante que te cambia y sólo puedo compartir con vosotros a través de palabras, fotos o videos, a no ser que queráis encaminaros en la misma aventura y hagáis un alto en vuestra vida para dejar un pedacito de vosotros en algún punto del planeta. Hacer un voluntariado como éste debería ser una asignatura obligatoria en el colegio. No somos lo que tenemos, sino lo que hacemos. Manos vacías me recibieron y me despidieron con sonrisas, cariño y palabras de agradecimiento. Gracias a todas las personas que conocí allí y que hicieron que mi primera experiencia como enfermera voluntaria haya marcado un antes y un después en mi vida.  

Gracias Yakaar Africa por la oportunidad, por haber aportado y por seguir aportando tanto a Senegal.  

Jai-rruh-jef (Gracias).  

Marta Torres

 

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