Rosa en Iwol Senegal

Rosa en la escuela de Hitu

Rosa en Ziguinchor

Rosa con Demba

 

 

 

Lo sentía desde hace tiempo como una necesidad, como algo pendiente, algo que en su momento no pudo ser, pero sabía que ya había llegado el momento de intentarlo. Porque este viaje de diciembre de 2011 tendría que haberlo hecho en diciembre de 2008, pero en esos días todo mi mundo se descompuso y dejé a Jose María y a su familia colgados. Generosos, como siempre, lo comprendieron.     Por fin he tenido claro que, casi con toda seguridad, no me iba a afectar el hecho de recorrer sitios ya visitados en 2007 y volver a sentir de cerca ese país y esa maravillosa gente. Gente que engancha, con la que querrías estar siempre.  Y ha sido mucho mejor de lo esperado. Lo primero por la compañía, un grupo en el que había caras nuevas y desconocidas, pero que han resultado unos estupendos compañeros de viaje y gente muy entrañable. Claro que ,viniendo de la mano de Jose María, no podía ser de otra manera. Además, para mi era especialmente grato contar a mi lado con la presencia de Manuel, que no sabía por qué estaba allí y qué demonios se le había perdido a él en Senegal, pero allí estaba, y no creo que nunca sepa cuánto se lo he agradecido: gracias a él, no ha habido fantasmas del pasado que recordar ni añorar. Eso ha sido muy importante para mí.     Y sobre todo, el reencuentro con la realidad de una gente que hace que te sientas bien solo con mirarte, con sonreírte. Parece que todo el tiempo te están dando la bienvenida, por algo es el país de la Teranga. Algo de mágico tiene el estar allí que hace que las personas se comporten de forma diferente a lo habitual, y suele ser para mejor. De repente, alguien que en España no mira a los niños ni por casualidad, se encuentra soportando en sus brazos a un bebito encantador de pocos meses y parece que lo hace con soltura y agrado, hasta parece que casi se le cae la baba. En otro momento, te encuentras bailando con los sones más rítmicos que pudieras imaginar, dando zancadas y tumbos, haciendo escorzos inimaginables en tu tierra, y todo ello con suma naturalidad, sintiéndote muy bien.     La sonrisa de los senegaleses se contagia y su forma de aceptar la vida siempre en positivo; si no hay posibilidad de llegar a comer a un restaurante como estaba previsto, todos tan contentos sentados en el suelo debajo de un árbol, con un pedazo de pan y chorizo casero, eso si: ¡qué chorizo¡. Hasta las rivalidades futboleras entre los partidarios del Madrid y del Barcelona parece que se suavizan, es toda una experiencia ver uno de estos “clasicos” en un bar de pueblo abarrotado de senegaleses que vibran con cada jugada y que te ceden su sitio con una amabilidad ya en desuso en nuestro país. En otro momento, un chico de diez años se ofrece a llevarte la mochila porque te ve, supongo, viejita y floja para cargar con ella y te da la mano en los pasos más difíciles, como si fuera tu ángel de la guarda. Esos gestos y tantos otros resultan inolvidables. Es tanto lo que te traes de ese viaje, que por mucho que intentemos hacer cosas desde Yakaar, nunca se logrará un balance justo.     Hay quien pensará que los acomodados y aburridos españolitos de clase media sólo buscamos nuestra propia satisfacción personal con este tipo de iniciativas, mezcla de cooperación y turismo de aventura. No niego que en parte pueda ser así, pero también pienso que por muy poco que hagamos, ya vale la pena sólo por arrancar la sonrisa de un niño o por facilitarles un poquito su vida. Mi gente más próxima, a mi regreso, me decía que se me veía muy bien, pletórica dijo mi jefe siempre tan serio, pero es que era así, he vuelto del viaje muy reconfortada conmigo misma. Yo pienso volver y a los que aún no han ido, se lo recomiendo vivamente.     Rosa

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