Equipo Yakaar Africa Jose Maria con Marie Jeanne Jose Maria y Yolanda en Bougham Con Mati en Bougham  

 

Ha sido mi viaje más africano. Es la primera vez que no he hecho prácticamente ninguna concesión al turismo. Acompañado por mi cuñada, que ha seguido sin protestar mis pasos, he experimentado un pequeño cachito de la realidad de la vida en África, viviendo en nuestras cabañas y recorriendo proyectos sin descanso. Debo reconocer que me siento orgulloso de ello, cuando quizás lo que debería es avergonzarme. Para mí el vivir 10 días a la africana no es sino una especie de acampada escolar guay para niños ricos, mientras que la gente vive así los 365 días del año. Lo que si es cierto es que eso me ha permitido vivir y convivir mucho más con la gente y sobre todo con nuestra gente, los Demba, Ambrosio, Doba, Papau, Cheikh, Diao, Mane, Arouna etc. etc. También me ha servido para comprobar que podría vivir algún día en Senegal. No me considero un héroe por ello, pero sí que resuelve alguna duda que me cabía al respecto.  

De nuevo, una vez más, si trato de recordar mi viaje a Senegal lo que se me viene a la cara es una sonrisa. Como dice un amigo mío: “cuando hablas de Senegal, se te ilumina la cara”. Pues eso, me pongo a pensar en mi viaje y noto que mi cara se relaja y se me escapa una sonrisa. No puedo explicar muy bien a que se debe esa reacción. No he hecho nada nuevo, no he visto nada nuevo, no ha habido ninguna fiesta, ninguna celebración especial, nada que resaltar, solo vivir y convivir, solo sonreír respondiendo a las sonrisas de la gente. Quizás no se necesita nada más.  

Quedan grabadas en mi memoria muchas cosas que son solo como ráfagas, nada importante pero que son las cosas que en conjunto me iluminan la cara: el reencuentro en el aeropuerto con Demba, Ambrosio y Cheikh. La llegada a Carabane y el reencuentro con Christoff y Angel. La visita a la familia de Edu, donde no sé si me impresiona más la belleza del paisaje o el porte casi majestuoso de Nicolás, su padre. Nuestra nueva casita en Oussouye, que ya casi considero mi hogar, con sus vecinos amables y humildes. El entusiasmo de las mujeres de las huertas de Cagnout. La limpieza casi brillante de los cerdos de Bouhimbane, con sus cuidadoras entusiastas y su veterinario sencillo. Los niños, siempre los niños, con esos ojos que te taladran, con esa paz interior que te trasmiten. La profesionalidad de los maestros de Mlomp en sus destartaladas oficinas. El reencuentro con Papau y Dominique. Las niñas con sus hermanitos a la espalda de Niambalang, con sus caritas de felicidad. Los desayunos en el patio de nuestras casitas en Oussouye y Bandafassi, los desayunos en la carretera, en esos puestos imposibles donde los huevos se cuecen al sol y el pan podría ganar fácilmente el premio a la mejor baguette de Paris. El reencuentro con Doba y con Arouna, con Daniel y con Aliou, Xavier o Diao, el reencuentro con Mareme, Assanatou y su nueva y preciosa hija, con Awa y Paola, Sira, Aliou, ufff ya pierdo la cuenta. Aquel señor vestido de verde sentado bajo un árbol en Thiabedji, sin hacer nada, ¡qué envidia! La subida a Dande, la puesta de sol en Dande, la ducha bajo las estrellas en Dande. La sensación de estar en el fin del mundo en Badiary. El encuentro con la familia de Aziz en Kaolack. La paz del Delta del Sine-Saloum. La riquísima, en todos los sentidos, familia de Ambrosio. La despedida…….  

También hubo momentos de cierto desencanto, como las basuras de Carabane, la caída en la rutina de Baficán, las enormes piscinas de la monstruosa piscifactoría de Itatou, que se ha cargado media huerta, pero no han conseguido minar mi moral, quizás porque soy un ingenuo, quizás porque creo que tiene que haber mucha prueba y error, mucha lucha constante para no desfallecer. Mientras alguien quiera luchar por mejorar su vida, debemos estar ahí para apoyarle.  

He vuelto con renovados ímpetus, yo sigo pensando que algo hay que hacer para reducir ese abismo que hay entre dos mundos que apenas separan unas horas de avión. Estoy convencido de que lo que hacemos no es sino una gota de agua en la inmensidad del océano, pero yo no puedo esperar a que otros más poderosos que yo resuelvan el tema, a nuestra pequeña escala todos debemos hacer algo.

José María Piñero  

 

NIñas de Niambalang

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Señor de Thiabedji

Sofia sobrina de Ambrosio

Ambrosio de su familia

Demba y Ambrosio

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