Los primeros días de Malamine en España han sido una sucesión de emociones.
El avión.
El aeropuerto.
Las escaleras mecánicas.

El frío, que hasta el 11 de noviembre era un desconocido, y que hace daño en los ojos.
La piel que se seca y se pone blanca.
Una casa nueva.

Unos desconocidos que te acogen, y la familia (mucha familia) y los amigos (muchos amigos) de los desconocidos que te acogen en su casa.
Abrazos.
La ducha.
Un idioma diferente.
La comida también diferente (¿pera? ni hablar).
Dolor de dientes y el Ratoncito Pérez.
Más abrazos.
El entorno, las luces de Navidad, la ciudad y sus semáforos.
Los juguetes y los otros niños.
La bicicleta grande y después una más pequeña.
El patinete.
Más y más abrazos.

Las tiendas, llenas de cosas apetecibles (lo quiero todo, sobre todo lo que se mueve).
Las actividades en la calle, el baloncesto y el fútbol.
Los parques con columpios, que es casi como aprender a volar.
La ropa nueva (casi toda grande).
Otro niño de Senegal en Madrid, Ousmane.
Y toda la gran familia de Yakaar.
El colegio.
El Metro.
El autobús.
El coche y el coche eléctrico que no suena.
El Hospital, qué risa y después qué miedo.
Los perros en casa, sus amigos inseparables.
Y todo esto ha pasado muy deprisa, en solo dos semanas.

Los primeros 15 días de Malamine en Madrid han sido un torrente de emociones, pero no solo para él.
Para nosotros también.

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