LA MEJOR EXPERIENCIA DE MI VIDA  

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LA MEJOR EXPERIENCIA DE MI VIDA 5

Lunes 26 de octubre, el despertador suena más pronto de lo habitual, nos levantamos nerviosos, la luna nos ilumina ayudándonos a verificar que no nos dejamos nada, el móvil suena, es nuestro amigo diciéndonos que ya está abajo esperándonos para ir al aeropuerto, los nervios aumentan poco a poco. Llegamos al aeropuerto un poco justos, pero a tiempo de hacer una última foto. Después de una larga escala entramos en la que podemos llamar “terminal africana”. Se empieza a sentir un poco de caos, una idea aproximada de lo que quizás nos espera. Facturamos y sin más espera subimos a nuestro avión dirección Senegal, por fin Senegal.  

Dakar nos recibe calurosamente. Emociones dispares se adueñan de nosotros, miedo, emoción, ganas, incertidum-bre…esperando nuestro equipaje en el embrollado aeropuerto Léopold Sédar Senghor nos encontramos con los que serán nuestros compañeros de vida durante los próximos 21 días, personas hasta ese momento prácticamente desconocidas.  

Tras los besos y abrazos correspondientes, nos dirigimos todos hacia nuestra querida furgoneta todoterreno, acompañado de trabajadores del equipo senegalés de Yakaar África y también de otros ayudantes oportunistas. Una vez todos dentro, empezamos a digerir lentamente que ya estamos en África. Llegamos a “Chez Pierre”, nuestra piel ya está impregnada de productos anti-mosquitos, miramos cada rincón de la habitación…vamos a dormir en África!  

Ocho de la mañana, poco a poco vamos despertándonos, nos damos los buenos días, siento como sin en un día mi confianza hacia mis compañeros ha aumentado desproporcionadamente. Damos una vuelta por el barrio de Pierre, el sol de África nos acompaña en nuestra pequeña visita, autobuses coloridos, puestos ambulantes y un caos organizado están presentes en nuestra primera mañana senegalesa. Mañana burocrática, tarjeta de móvil, cambio de moneda, cuentas con Demba. Primer contacto con el a veces desesperante ritmo senegalés.  

1536, una pequeña isla, conocida como Ile de Gorée, se convierte en un punto de intercambio de esclavos que serán enviados a EEUU, al Caribe y a Brasil. Ambrosio, nuestro compañero Senegalés, nos cuenta la escalofriante historia de esta isla y de su inhumano intercambio de vidas en función de su dentadura, masa muscular o tamaño de pecho, familias enteras separadas por el mero capricho de unos cuantos esclavistas sin alma. Sin duda una isla de contrastes. Contrastes de hermosura y belleza natural manchada por una innegable historia sobrecogedora. Finalizada nuestra visita y después de pasar un sinfín de controles de pasaporte, embarcamos en el “Aline Sitoé Diatta”, ferry que nos llevará hasta Carabane, pequeña isla dentro de la región de Cassamance.  

El equipo de la maternidad de Carabane nos regala una acogedora bienvenida, sin duda con mucha ilusión de trabajar con nosotros, y de enseñarnos como ha mejorado la sanidad en esa diminuta isla abrigada por palmeras que decoran sus lindos poblados. En la maternidad encontraremos a la entrañable Cecile, una mujer rebosante de coraje y energía, que nos robó el corazón a todos con su alegría incansable, su cariñosa autoridad y su hospitalidad tan característica de los senegaleses. Durante el montaje de nuestro dispensario, nos presentan a Lamine Diatta, enfermero de Carabane, quien a pesar de tener unos recursos limitados consigue día a día, controlar los casos de malaria, hipertensión y la desparasitación de la población Diola, así como solventar con éxito los casos concretos que se le puedan presentar, más adelante también conoceremos a Papo, un risueño senegalés quien nos ayudará tanto en esta misión como en la siguiente gracias a su más que correcto conocimiento del castellano. Alimentados por el sabroso pescado Capitán, iniciamos nuestro primer día oficial de trabajo en Senegal. Ganas, ganas y más ganas. Nuestras caras reflejan que ha llegado el momento de comenzar a echar una mano. Triaje infantil preparado, control de la hemoglobina a punto, equipo pediátrico listo, médicos adultos esperando.  

Los pacientes van pasando de manera africanamente ordenada hasta que las condiciones lumínicas nos impiden continuar trabajando. Primer día de trabajo liquidado con éxito.  

A la mañana siguiente, unos madrugadores delfines nos brindan los buenos días, tras un buen sueño nos disponemos a afrontar nuestro segundo día de trabajo, nuestra adaptación al medio se hace presente en el ritmo de trabajo. Todo va rodado, el ambiente con el pueblo no puede ser mejor. Desde el primer momento la gente nos muestra su agradecimiento con sonrisas radiantes y gestos de cariño. Ese mismo día, por la noche, con el sonido de las olas a nuestra espalda y acompañados por la guitarra de Leon, Ambrosio nos enseñará la que será la canción del viaje, “Fatou-yo”.  

Nuestro tercer día en Carabane culmina con una fiesta de danza tradicional en la que todos participamos bailando, riendo y disfrutando al son de los djembes. El cuarto y último día llega, con tristeza nos despedimos del equipo de Carabane, especialmente de Cecile y Lamine, abrazos emotivos y promesas de volver a vernos, desde nuestro pequeño cayuco dirección a Cagnout, lanzamos sonrisas y gestos de despedida con la esperanza de volver a cruzarnos en sus caminos.  

Nuestra pequeña furgoneta nos lleva hasta el campamento Villageois de Oussouye donde dormiremos los próximas cuatro noches. Muros de adobe adornan nuestro campamento, habitaciones de techos bajos alrededor de un patio interno con pilares en los que los murciégalos nos harán demostraciones aéreas para el deleite de unos y el pavor de otros.  

Casi una hora de ruta nos costará todos los días ir al dispensario de Cagnout, mucho más pequeño que la maternidad de Carabane, pero no por ello perdemos las ganas de echar una mano en la medida de nuestras posibilidades. Las distribuciones de salas y de tareas se hacen lo más rápido que se puede con el fin de comenzar las consultaciones lo antes posible.  

Posteriormente a una calurosa mañana con muchos pacientes tanto adultos como pediátricos, hacemos una pausa para comer y descansar un poco a la sombra de un quiosco situado en mitad de una escuela infantil. Cada día las mujeres de un poblado diferente nos cocinarán algunos de los platos típicos para que podamos recuperar energías y así poder descifrar dispares patologías como visión flu o mal dans le corp. Las jornadas se alargan más de lo previsto, acabando la mayoría de las tardes con la noche ya asentada. Las noches son amenizadas con juegos de cartas, en una de ellas descubrimos el talento innato de nuestro compañero y ya amigo Ambrosio, quien exhibe, con su ritmo senegalés, sus capacidades para jugar al “Cinquillo”. El cuarto y último día llega, con la lluvia atípica en esta época del año nos despedimos de Oussouye. Al alba nos reunimos con las maletas ya hechas, preparados para lo que será una ruta emocionante hacia el País Bassari.  

Pasamos el día metidos en nuestro auto, cargados hasta los topes. Durante el viaje encontramos carreteras de todos los colores, desde pistas asfaltadas hasta rutas en las que solo un 4×4 puede circular con relativa normalidad. En una de estas carreteras, cuando todos estábamos adormecidos, un fuerte ruido nos despierta bruscamente. Una de las ruedas delanteras había reventado. Gracias a la rápida reacción de nuestro chofer y traductor Cheikh, conseguimos recuperar la estabilidad del vehículo y frenarlo progresivamente. Como si de un campeonato de rally se tratara, rápidamente Cheikh cambia la rueda pinchada por otra de repuesto. Continuamos nuestra ruta hasta llegar a un hotel en Tambacounda. Poco a poco nos vamos dando cuenta de lo relativo que es todo, el hotel no estaba mal, pero en ese momento preciso, era como una especie de paraíso, comenzamos a descubrir del valor de las cosas. Pequeños detalles.  

Una vez más, nos levantamos pronto, listos para otro día de ruta. La mañana pasa sin incidencias hasta que llegamos a Kedougou, donde conocemos a un personaje bastante especial; Doba. Un senegalés muy avispado pero de gran corazón.  

Es entonces cuando nos informan que debido a las condiciones de la carretera (muchos charcos en el trayecto) la mejor opción es cambiar de medio de transporte y montarnos en uno más preparado para pasar los posibles obstáculos acuáticos. Lo que no sabíamos era en que camión infernal nos iban a subir. Nada más verlo empiezan las primeras risillas nerviosas. Traspasamos todo el equipaje de un sitio a otro y nos subimos al nuevo camión. Siete metros son suficientes para darnos cuenta de que es una auténtica locura. Menos mal que nuestra “mama” Pepa, con rostro firme les explica que esto no es manera de viajar, tenemos que cambiar y volver a nuestra querida camioneta. Desde aquí agradecer la preocupación mostrada en todo momento por la que, personalmente, considero que es una gran mujer y un ejemplo para todos. Gracias Pepa por todo. Una vez subidos, damos comienzo a lo que nos queda de viaje, el sol africano se despide de nosotros con una belleza a la que nos tiene acostumbrados. El trayecto se realiza sin más, hasta que nos dicen de bajar del auto porque hay una charca que no están seguros de que podamos pasar. El pánico se adueña de nosotros. Intentamos calmarnos unos a otros, como una familia que ya somos. Con éxito absoluto pasamos la charca, remolcados por ese transporte que habíamos considerado infernal, que paradoja. Bien entrada la noche, llegamos a Dindefelo.  

Una vez distribuidas las habitaciones y después de un largo día nos vamos a dormir pronto. Con los primeros rayos de sol y tras una ducha revitalizante nos dirigimos hacia el dispensario. Montamos una vez más todo el chiringuito y comenzamos a trabajar. Con el paso de los primeros pacientes empezamos a darnos cuenta de que este poblado va a ser especialmente complicado. La falta de sensibilización respecto al uso de mosquiteras hace que la malaria se apodere de los lugareños, tanto niños como adultos. Fiebre y vómitos sin foco aparente están presentes en todo momento, y con ellos nuestra preocupación de hasta que punto podemos ayudarles.  

Rodeados de un ambiente de patologías graves conocemos a dos grandísimas personas, a las que me gustaría resaltar; Arouna y Diaw. Dos personas completamente diferentes pero encantadoras cada una a su manera. Afortunadamente, nos acompañarán en nuestro viaje hasta el final del siguiente poblado. Finalizado nuestro tercer trabajo en el dispensario nos despedimos de Dindefelo con otra fiesta de danza tradicional en la que quiero remarcar la aportación musical del siempre presente silbato de Elisa, nuestra McGiver y una de nuestras pediatras, una fusión de alegría armónica que hace que pasemos un muy buen momento todos juntos.  

Para despedirnos de este bello pueblo y acompañados por Arouna, Diaw y Daniel, nuestros traductores del dialecto Peul, nos dirigimos hacia la Cascada de Dindefelo, la precipitación del agua a más de 80 metros de altura hace inevitable que tomemos fotos desde todos los ángulos, intentando inmortalizar este magnífico enclave natural. Con indecisión inicial decidimos meternos en el agua, otra experiencia inolvidable. A nuestro regreso, nos topamos con unos guardaespaldas cuanto menos peculiares, se trata de babuinos africanos quienes nos escoltan hasta casi llegar a nuestro campamento. De nuevo cambiamos de destino, esta vez un corto trayecto con fin de parada en Bandafassi, el que será nuestro cuarto y último dispensario.  

Llegamos al campamento de Leontine, en el ambiente se respira calma y tranquilidad y los primeros niños que vemos nos reciben con unas tímidas pero verdaderas sonrisas. Las habitaciones son una vez más acogedoras cabañas senegalesas con techos de paja y bambú. Una vez aclarada la distribución de las salas de trabajo, nos damos una pequeña vuelta por la zona para ver otros proyectos de Yakaar África. La jornada siguiente comienza sin ningún sobresalto, se empiezan a escuchar los primeros llantos de los niños tras la prueba de hemoglobina, los adultos empiezan a hacer la cola esperando su turno y las curas van llegando de manera progresiva.  

Nuestra compañera de dispensario y enfermera local Lucie nos ayuda en todo momento. Mientras trabajamos tranquilamente, la ruidosa entrada de un todoterreno hasta la puerta de la consulta nos llama la atención, nos encontramos ante una niña de apenas 12 años quien embarazada de 7 meses presenta signos de crisis pre-parto. Asombrados observamos como Lucie realiza las ordinarias pruebas necesarias para verificar que la pobre niña esta en condiciones de ir a Kedougou, donde tienen más medios para poder ocuparse de ese tipo de situaciones. A punto de finalizar el primer día de trabajo, una mujer con cara desalentadora y gestos de dolor, en brazos del que parece es su marido, nos llega a la sala de curas. Tras preguntar el origen de sus quejas, nuestra enfermera Rosalía, experta en curas y desinfecciones de todo tipo, descubre que se trata de un caso de extrema urgencia, al parecer una serpiente había mordido inyectando su veneno en el pie derecho cinco días antes. Sin mas dilación comienza a realizar las curas pertinentes, poniendo todo su ímpetu en sacar ese pie sino esa persona adelante. Una vez finalizada la intervención nos dirigimos de nuevo a nuestro campamento, para disfrutar de otra maravillosa cena y mejor compañía.  

Justo antes de la cena, Pepa nos comenta el caso de un joven quien desafortunadamente cayó desde lo alto de una palmera con trágicas consecuencias. Una escalofriante sensación invade nuestro cuerpo, la caída le había costado la movilidad del tronco inferior. Nuevamente, nos queda claro que la simple suerte de nacer en una u otra zona geográfica puede cambiar el desarrollo de los acontecimientos. Dialogamos juntos como equipo, buscando cual es la mejor solución para este joven desgraciado. Nos miramos los unos a los otros sabiendo que la cruda realidad es que nuestra única aportación puede ser meramente paliativa.  

Llegamos al último día de trabajo de nuestra misión sanitaria, una vez más salimos del dispensario ya de noche y con la grata sensación de haber puesto toda nuestra energía en tratar el máximo de personas. Cuando llegamos a nuestra humilde residencia, Demba, coordinador de Yakaar África en Senegal, nos espera con los brazos abiertos, ansioso de poder expresar su más sincero agradecimiento por el trabajo realizado en todas y cada una de nuestras misiones. Nos quedan 3 días para volver a nuestras vidas, sentimientos enfrentados. Por una parte, ganas de ver a nuestras familias y amigos. Por otra parte, tristeza ante la proximidad de nuestra partida. Como ya pasó en Dindefelo, nuestros amigos senegaleses nos hacen de guía, esta vez hasta el poblado Iwol, situado a más de 300m de altura, donde uno de sus lugareños, Jean Baptiste, nos narra la historia de sus ancestros. El sudor empapa nuestra ropa, por un momento nos ponemos en la piel de los aldeanos, quienes hasta hace no mucho, tenían que bajar hasta el poblado más cercano, Ibel, para conseguir algo que a nosotros, desagradecidos afortunados, nos cuesta un movimiento de muñeca para accionar el grifo.  

Acabada la visita, con las oportunas fotos al Baobab más grande de Senegal en nuestras cámaras, volvemos al campamento para visitar el Hospital de Kedougou. Con lágrimas en los ojos, nuestras compañeras Rosalía y Maria, una de nuestras médico de adultos, regresan al campamento más tarde que el resto del grupo, pues habían hecho una parada en casa del joven parapléjico para ponerle una aliviadora sonda urinaria y darle todo el material de cura restante con la esperanza de mejorar aunque sea un poco la calidad de vida de esta persona. Ya en Kedougou visitamos a la paciente de la mordedura de serpiente, quien gracias a la ayuda de Yakaar África, había sido ingresada en el Hospital. Aprovechando nuestra localización, curioseamos por el mercado local buscando algunos regalos para llevar a nuestros seres queridos. Llegado el momento, toca decir adiós a nuestros amigos Arouna y Diaw, fuertes abrazos de despedida determinan que dejamos atrás a los que son dos fenómenos.  

A continuación de una noche en Mako, nos montamos de nuevo en nuestra compañera de viajes, con la tranquilidad que proporciona que el conductor sea Cheikh. Toca otro día de carretera, única parada Kaolack, comida rápida y vuelta a la senda. Justo antes del anochecer llegamos al Delta del Saloum, donde un cayuco nos transportará hasta el campamento Essamaye, todos juntos cantamos nuestra canción para generar así un ambiente de bienestar y tranquilidad. Para nuestro gozo, el menú se trata de Capitán con patatas. A la mañana siguiente disfrutamos de un agradable paseo en caballo camino de nuestro campamento. ¡Que buena manera de pasar nuestros últimos días! Fadiouth: isla situada a 114 kilómetros de Dakar. Llamada también “L’île aux Coquillages” (Isla de Conchas), es aquí donde nos damos cuenta de la POSIBLE convivencia entre diferentes religiones sin ningún tipo de conflicto, pues en esta isla encontramos, entre otras cosas, un cementerio en el que descansan en paz cuerpos de cristianos y musulmanes sin ningún tipo de controversia. Gran ejemplo a seguir.  

El mercado de Mbour nos abre sus puertas, vendedores estresantes, ansiosos por conseguir que nos llevemos el máximo de objetos nos atosigan con estrujones de manos y estrategias de venta capaces de hacerte comprar una bolsa de hielo en la Antártida. Salimos todos repletos de cestas, figuras de madera, cuadros, juegos locales…de todo! Corriendo nos vamos al puerto pesquero, donde nos disponemos a ver un evento digno de convertirse en patrimonio de interés mundial; la llegada de los pescadores. Decenas de cayucos descargan toneladas de pescado fresco, mientras miles de personas esperan la mercancía bien para limpiarla bien para comprarla. Última noche juntos, estando sentados alrededor de la mesa del comedor del Hotel Blue África, Pepa aprovecha para comentarnos sus positivas impresiones acerca de nuestra misión y sobretodo de nuestra convivencia ejemplar.  

A esta le sigue Ambrosio, quien literalmente no encuentra las palabras para agradecernos nuestro esfuerzo y trabajo desempañado en su amado País. Maletas preparadas y cargadas. De camino a Beer, a donde nos dirigimos para ir a la inauguración del nuevo centro de salud, nuestro chofer se desvía por una calle de la ciudad de Mbour, el auto se detiene y Ambrosio con su peculiar acento se dirige a nosotros diciendo: “Bueno…bajad todos, esta es mi casa”. Sin pensarlo dos veces entramos en su humilde hogar, donde nos presenta a su mujer y a sus hijos, acompañados de otros quince niños quienes juegan entre ellos y quienes impiden que nuestro amigo se eche sus merecidas siestas. Sin duda alguna nos demuestran con cada detalle que no hace falta ni la mitad de lo que tenemos y que consideramos necesario para ser feliz. ¡Que sorpresa más buena!  

Finalizada la inauguración regresamos a Dakar, con tiempo suficiente para pasar todos los controles necesarios antes de coger nuestros respectivos aviones. Es entonces cuando el momento más emotivo del viaje se produce. Todos juntos entonamos nuestra canción, capitaneados por un Ambrosio especialmente animado. Agotados los últimos versos comenzamos con los abrazos de despedida, emoción difícil de contener, hasta que sin control algunos empezamos a llorar. Tristeza, alegría, rabia, tranquilidad, coraje, orgullo, desánimo…la mejor experiencia de mi vida acaba, pero solo siento gratitud hacía todas las personas que han hecho posible que sea tan afortunado de poder vivirla. Gracias Pepa, Gracias Mamen, Gracias Maria, Gracias Rosalía, Gracias Miriam, Gracias Elisa, Gracias Isa, Gracias Bego, Gracias Diana, Gracias Arouna, Gracias Diaw, Gracias Papo, Gracias Daniel, Gracias Doba, Gracias Lamine, Gracias Cecile, Gracias Cheikh, Gracias Demba, Gracias Yakaar África, MIL GRACIAS AMBROSIO. 

Dieureudieuf África  

Daniel Martín Carrillo y Diana Ivars Ribes  

 

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