Verano de 2016, Caños de Meca, el mar en calma, una jaima que nos regalaba el atardecer mientras soñábamos despiertos…¿Y si viajamos a Senegal?, – Me encantaría, dicen que es el país de la hospitalidad africana, el país de la sonrisa. Pero aquel sueño se desvaneció junto al amor de verano…  

Ahora, me doy cuenta que solo se mantuvo esperando una señal que diera paso al momento perfecto para poder experimentar la riqueza de sus raíces.  

Febrero de 2016, billete de avión en mano, un adiós agripicante al cruzar el escáner del aeropuerto de la capital española; Ilusión desbordante por descubrir el que se había convertido en mi país renacentista, Senegal…  

A tan sólo unas horas de casa y varios pasillos para atravesar la aduana, conocí la más brillante de las sonrisas, tras un apretón de manos y una mirada que reflejaba sabiduría, conocí a Demba, nuestro guía turístico, me sorprendieron su calma y su espíritu carismático, pude sentir su luz en escasos segundos…Unos pasos más adelante, me encontré con Sidi, nuestro conductor, me bastó un parpadeo de ojos para darme cuenta de la bondad del alma que me dirigiría por aquel país…Una sonrisa interna atrapó mi esencia en forma de suspiro, estaba en paz…  

Después de conocer a mi compañera de viaje, Noelia, empezamos la ruta y, tras las preguntas básicas y nuestra curiosidad por el país, Demba nos introdujo la asociación humanitaria que llevaba a cabo, nos habló de los huertos, de las escuelas, de los diversos proyectos que creaban, como la elaboración de mermelada por mujeres senegalesas, el reparto de bicicletas para niños que iban al colegio a 10 km de casa cada día; el factor médico…y fue entonces cuando escuché la historia de Ousmane, un niño que estaba enfermo y que había volado a Madrid para ser operado. Me conmovió tanto que al llegar a Madrid fui a conocerle. Ahora, puedo disfrutar de su simpatía, de su espontaneidad, de su cariño incondicional, nunca nadie me había dado tantos besos…” Amiga, ven, te voy a dar un beso “metralleta” (compuesto de besos innumerables que se repiten como si de un tiroteo se tratase, pero ésta vez, un tiroteo repleto de amor).  

En la sala de hospital coincidí con parte del equipo humano de la asociación que se dedica al crecimiento y compañía de Ousmane, qué bonito el alma de cada voluntario, en especial, la de José María, al que apenas aún conozco, el coordinador de esta asociación, un señor que parece serio pero que se desvive por nuestro pequeño, por organizar algunas ideas para que el mundo funcione mejor.  

Y así, entre historias, nos fueron bautizando en la cultura senegalesa, jugamos con niños en varias escuelas, en pequeñas aldeas, probamos el sabor que las manos africanas moldeaban en forma de alimento, vestimos sus telas de colores, pudimos ver la noche estrellada del desierto corriendo por sus dunas abajo, escuchamos el sonido de timbales mientras Sidi nos mostraba cómo sentir el ritmo; Pisamos un pueblo cuyo asfalto estaba compuesto de conchas marinas, nos bañamos en un río en una pequeña isla donde pudimos disfrutar de un paseo en kayak ; Fue allí, junto al atardecer, donde entendí el significado de África: fuerza, valentía, lealtad, unión humana, generosidad y sonrisas.  

De repente, Sidi alzó la voz comunicándose en wolof, una barca de pescadores sin pensarlo, se tiró al mar, estaban vestidos y separando el pescado pero no tardaron ni un segundo en dirigirse a él. Se había caído del kayak, no sabía nadar y estaba en medio del mar, qué valentía! Y qué espíritu de hermandad el de los pescadores! Todo quedó en un susto pero aquel instante me hizo reflexionar toda la tarde…  

Al día siguiente, Sidi nos presentó a su familia en Mbour, entramos a un patio donde habría aproximadamente veinticinco personas, algunos descansaban, otros compartían una gran sartén de arroz, comían en cuclillas y rodeándola, otros conversaban sentados…Había cabras, gallinas, pollitos y entendí el significado de vivir en comunidad, el valor de la familia. Jugamos horas y horas con sus hijos, sobrinos, veci-nos…  

Conocimos también a su mujer, quien me entregó a su bebé de seis meses, “Aminatá”, jamás había sentido tanta ter-nura. Aquella tarde se grabó en mi alma, fue mágica, especial, disfruté de los cinco sentidos…Al marcharnos, los niños persi-guieron el coche agitando sus manos y gritando “Au revoir”…  

Demba cumplió cada uno de nuestros sueños, cada petición que sugeríamos, la hacía realidad. También nos enseñó a creer, a soñar sólo lo que se pudiera cumplir, para así siempre poder vivir entre ilusión.  

Llevo años viajando y jamás di con un guía como él, es una persona muy humana, culta, bromista, risueña, tranquila, los condimentos perfectos para vivir una experiencia en Senegal única, inolvidable, eterna…  

Puedo decir que ha sido un viaje balsámico, emocionante, reconfortante, divertido y que gracias a su gente, he vuelto a sentir. Volveré…   

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