UN NUEVO MUNDO

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Me lo habían advertido. Iba avisado por la gente que había estado allí. Me preocupaba que me pudiera suceder. Las palabras, “África te va a hechizar”, finalmente han cobrado sentido y se han cumplido. El hechizo tubo de todas maneras un inicio difícil. Un largo viaje (aunque cada vez se me hacen más cortos) debido a una escala en Portugal, la ya habitual entrada al país con multitud de viajeros haciendo cola, preguntas obligadas de la policía de aduana, un gentío de senegaleses queriéndote ayudar y el remate final del calor. Un calor que no me abandonaría el resto del viaje y que por muy preparado que vayas siempre te va fustigando. Y sin tiempo para asimilar la idea que me adentraba en un nuevo mundo y que debía prepararme para iniciar mi aventura en África, la llamada de Demba me puso la cabeza en su sitio. No se puede pedir un mejor primer contacto con el país, aunque fuera breve. Ya habría tiempo para hablar por la mañana. Así que a las 4 de la madrugada más o menos, llegaba al hotel. Y sin ganas ni necesidad de remover mucho la maleta me metía en la cama con dos infatigables compañeros de viaje. El calor, que me hacía sudar como nunca y el bullicio de sensaciones e ideas que golpeaban mi mente.

Por la mañana, el paseo en taxi por Dakar me enseña una ciudad no muy bonita y bastante dejada. Es evidente que es la capital y que es enorme, pero el primer vistazo no me convence mucho. Pero esa mañana me trajo la primera alegría de mi estancia en Senegal, una alegría que todavía me dura y de la que me siento muy orgulloso. Conozco al grupo al cual me iba a unir en mi primera fase del viaje. Son Ainhoa, Bea, Dani y Gustavo. Desayuno con ellos, ultimamos detalles y emprendemos la marcha. Pero faltaba la guinda al pastel. La pena inicial de que Demba no nos iba a acompañar es sustituida por la aparición de nuestro guía local. Boubacar Diagne, apodado por nosotros como el lehendakari y al que se puede definir como: todo un personaje.

Entramos en la camioneta, conducida por “Paco”, un chico bastante calladito y prudente en la carretera, e iniciamos la aventura.

Colores, ese milagro de la naturaleza.

Primera parada: El Lago Rosa. Un buen inicio sin duda, lo único que conocía del Senegal por el famoso Rally. Y no me defraudó. Aunque lamentablemente el lago no ofrecía su distinguido color debido a la época del año. El rosa es sustituido por un cobre rojizo, que aunque no es feo no es el propio del lugar. Lo que más impresiona son las montañas de sal que extraen del agua y saber que trabajan de sol a sol. El paseo por la orilla es amenizada por los simpáticos vendedores ambulantes, algo muy característico del país y la que acabas y debes acostumbrarte. El “tranquilo” paseo a pie es sustituido por el todo terreno, que nos permite recorrer las tan famosas playas de Dakar. Vemos el mar, tocamos la arena, nos topamos con las primeras aldeas senegalesas y acabamos la visita con una comida con vistas al lago. Un delicioso pescado con arroz amenizado con música y saboreado con agua embotellada Kirene, otro compañero que se nos unía y no nos dejaría hasta el último día y que alejaba de los posibles terremotos en la barriga.

El viaje sigue hasta Kaolack, con la rutina de furgoneta y carretera, algo que se hacía pesado pero que llegué a considerar como un lujo. Y es en estos momentos donde empiezo a conocer y disfrutar de los colores de África. Y por ahora son el verde de sus bosques, el rojo de su tierra y el azul del mar. Una combinación preciosa y a la que llegas a adorar.

Los niños son el futuro

Aunque parezca una frase obvia y simple, que lo es, es también una evidencia irrefutable. Los niños en mi opinión son en todo el planeta y especialmente en los países del tercer mundo, la clave para conseguir un cambio. Un cambio de mentalidad, de costumbres, de actitudes, una fuerza para situar al continente en el lugar en el que se merece. Pero todo esto ellos por ahora no lo saben ni son conscientes, simplemente son niños. Y como tal, se dedican a rodear al turista blanco y pedir regalos y caramelos, a dejarse fotografiar en la mayoría de casos y sobre todo a reírse y contagiar esa sonrisa tan maravillosa que tienen. Así que pasamos el rato rodeados de niños y jóvenes , intentado repartir bolígrafos y admirando el bosque de baobabs, el árbol del Senegal. Grande y fuerte, un reflejo quizás del senegalés adulto.

El viaje sigue por Tambacounda , cruzando el parque natural de Niokolo Koba y topándonos con facoceros y monos. El mono es conocido pero quizás el facocero seria mejor llamarlo pumba, en honor la película “El Rey León”. Aunque el guía nos comenta que hay otras fieras, tales como leones, tenemos la “desgracia” de no toparnos con uno. El parque es denso y bonito y nos permite llegar a Mako y al ecocampamento de Badian, construido por Campamentos Solidarios (http://www.campamentos-solidarios.org) Allí disfrutamos de las vistas que nos ofrecía el río Gambia y observamos lo que parecían ser hipopótamos. El problema fue que eran algo tímidos y el tiempo muy caluroso para que salieran del agua. Aún así, por la noche y de buena mañana se oían sus bramidos como si estuvieran al lado de la choza. Estuvimos muy a gusto, disfrutando de la comida y las partidas a cartas que la pareja vitoriana nos enseñó, un buen recurso en Senegal para matar esas largas esperas a las que excusan con un entrañable “nanka nanka” Aquí ya teníamos a nuestro chófer oficial, Hasan, con el que pasamos unos buenos ratos y nos reímos mucho, aún sin saber el hablar castellano ni nosotros dominar el francés.

País Bassari

He hablado con un par de personas que han estado en Senegal y por un motivo u otro no han podido visitar el país Bassari. Error garrafal porque es imprescindible. Hay que conocer a su gente y tradiciones, deleitarse con los paisajes, perderse en sus mercados, saborear en general una cultura única y especial. Destaca su capital, Kedougou, con el mercado de especies y telas. Y adentrándote por la región se encuentra el poblado de Bandafassi, una clara muestra de todo lo descrito antes. Y llegado a este punto, mi viaje turístico se convierte por un tiempo en una misión de voluntariado por la zona colaborando a través de Otravidaesposible, (www.otravidaesposible.org) la ONGD a la cual pertenezco. La colaboración consiste en una evaluación de los proyectos que Yakaar África tiene por el país Bassari y prestar ayuda a las necesidades que fueran surgiendo tanto en Bandafassi como Dindefelo. Una labor que me permite entrar en contacto directo con la gente de la aldea, entrar en sus casas y disfrutar de su amabilidad y simpatía.

Una de las visitas obligadas por la zona es a la cascada de Dindifelo, un espectáculo de la naturaleza increíble. Una ruta selvática por riachuelos, termiteros y árboles centenarios que culmina en una pequeña pero preciosa cascada, con su idílico estanque a juego, el cual nos permite darnos un merecido chapuzón. Otra excursión obligada e irrepetible es la subida al monte Iwol, una empinada cuesta que nos hace sudar y dar lo máximo, un esfuerzo que se ve recompensado con unas vistas alucinantes y una vuelta por un encantador poblado Bedick.

Casamance, tan diferente y único.

La ruta sigue hacia el sur, adentrándose en la región de Casamance, un paraíso tropical dentro del Senegal. Las melenas rastafaris, los encantadores pueblos costeros, un paisaje de palmeras y mangos, los tradicionales cayucos y la riquísima comida marinera. Ciudades como Ziguinchor, Cap Skirring, Cabrousse, Carabane, Itu. Visitas como la del shaman o la aldea de Bafican, cuyos habitantes nos colmaron de atenciones y nos regalaron un divertido rato entre bailes y cantos. Travesias increíbles en barca, playas paradisíacas, los curiosos fetiches, poder conocer al rey de la región y la inolvidable experiencia de ver una tortuga marina ir a poner sus huevos, algo mágico roto por unos desagradables individuos que no tuvieron clemencia del indefenso animal. Este es el peor recuerdo del viaje, algo que nos quebró la moral y disipó toda la alegría anterior.

Sin estar repuestos de la trágica experiencia, volvemos al norte para disfrutar del festival de los iniciados, una peculiar fiesta en honor a los que han estado o van a adentrase al bosque misterioso. Conocemos con detalle la clásica construcción de Casamance, cruzamos Gambia y su río en ferry, visitamos Kaolack y nos embarcamos en una piragua para llegar al delta de Saloum en medio de una brutal tormenta. La tranquilidad del poblado de Mar y el buen rato que pasamos nos devuelve poco a poco la alegría perdida y nos permite encarar la vuelta a Dakar. Visitamos la famosa isla de las conchas y su peculiar cementerio, vivimos en primera fila al abrumador espectáculo de los pescadores volviendo al puerto y negociando en la lonja de Mbour y acabamos el día en Toubab Dialaw, un pueblecito costero de lo más peculiar.

El grupo se divide.

La expresión bien conocida de “todo lo bueno se acaba” tristemente se cumple y la pareja de Barcelona tiene que emprender el viaje de vuelta a casa. Un último día en Dakar marcado por la lluvia, que impide visitar la isla de Goree y nos recluye en el hotel un buen rato. Por la noche, una última cena juntos con la ya clásica partida de cartas hasta el momento de la inevitable despedida. Los que quedamos emprendemos al día siguiente una ruta hacia el norte con destino a la antigua capital senegales, St Louis, montados en el clásico 7 plazas senegales. Lo habíamos visto y nos habíamos reído de el, pero ahora tocaba sufrirlo en las propias carnes. Una experiencia que hay que vivirla para contarla. Pero antes de llegar a la ciudad, nos espera el paraíso de la lengua de Barbarie, una larga extensión natural de tierra que separa el mar Atlántico del río Senegal , tomada por un ejército incontable de cangrejos y en la que disfrutamos de buena comida, partidas de petanca y ping pong, surfeo de aficionados y veladas nocturnas de tambor y té. Con algo de pena abandonamos la lengua para llegar a St. Louis, colorista y rica ciudad, de la que visitamos sobretodo su zona portuaria. Seguimos hacia el norte y el paisaje se va transformando otra vez más, abandonando el verde, que es sustituido por ya muy al norte por una fina capa de arena, señal inequívoca que habíamos llegado al desierto de Loumpoul, 18km2 de preciosas dunas. La estancia allí nos permite disfrutar de un divertido viaje en camello hacia la puesta de sol o una hilarante bajada en tabla por las dunas. Por la noche, cena con sopa en la jaima y un calor sofocante que casi no me deja dormir.

Mi viaje ya tocaba a su fin, pero antes de volver a casa, pudimos visitar la isla de Goree, famosa por su pasado como recinto para los esclavos con destino a América. Después de la sobrecogedora visita a la prisión, disfrutamos de las encantadoras calles con coloridas casas y las vistas únicas de la ciudad de Dakar. Ya a la noche, cena, cartas y despedida. Y una vuelta a la rutina que se hace muy dura después de casi tres semanas en un país inolvidable al que espero volver. El hechizo ha funcionado de maravilla y África ya ha conseguido cautivar mi corazón.

Marc Marin

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